miércoles, 4 de agosto de 2010

Del poder blando al inteligente: crónica de un concepto (y II)

(...viene de primera parte)

Los avances tecnológicos en telecomunicaciones y su diseminación a lo largo y ancho del planeta habían cambiado profundamente las reglas de las relaciones internacionales. Por un lado, habían facilitado la transferencia de ciencia, tecnología, información e ideas desde los centros a las periferias de poder. Por otro, han impuesto una nueva hegemonía, la cultural, la del “soft power”, un concepto que Nye había empezado a trabajar en 1990, tras el final de la Guerra Fría, pero que cobraba actualidad e intensidad con la nueva situación. Los canales tradicionales de la diplomacia habían dado paso a recursos de información y comunicación ampliamente accesibles a actores no gubernamentales. Por primera vez se enfrentaban 30.000 ONGs frente a 200 estados, organizaciones internacionales y grandes corporaciones multinacionales.

Viandantes de El Cairo (Egipto) siguen un discurso de Obama en una visita oficial

“El poder blando depende de la capacidad de organizar la agenda política de forma que configure las preferencias de otros”, dice Joseph Nye en La paradoja del poder norteamericano (Taurus, 2002). “Si Estados Unidos representa valores que otros quieren imitar, entonces nos costará menos ser líderes”. Es una forma de influencia sobre otros. “Es la capacidad de atraer y actuar”. La comunicación global había redefinido la política en términos diferentes a los que hasta ahora habíamos conocido. La aparición de modelo alternativo de poder, el “soft power” o poder de atracción de los estados, frente al “hard power” o el poder de coerción (militar) y de pagos (dependencia económica) había empezado a notarse. Las tecnologías de la información habían transformado la naturaleza del poder militar, con sistemas de armas basados en el láser y el procesado de información. Los satélites y el proceso de datos habían establecido un poder de la información y disuasión comparables al poder nuclear de la era anterior. Las televisiones de alcance global como CNN, BBC World, Al-Jazeera y Star TV habían incorporado una política de imágenes y una diplomacia pública a lo que era una mera política de poder y diplomacia secreta. La combinación de ONGs y tecnologías interactivas como internet habían dado lugar a una sociedad civil global, y grupos de presión, como Amnistía Internacional o Greenpeace, que actuaban como nuevos actores en las relaciones internacionales.

En todo el mundo se planteó este debate en términos estrictamente dicotómicos. O poder duro o poder blando. Las políticas puestas en marcha por la Administración Bush alimentaron el espejismo de que la nueva política internacional debía optar siempre entre estas dos opciones. Y ahí surgió lo que para muchos eran diferencias insalvables entre la perspectiva europea y la estadounidense. Robert Kagan, considerado por muchos como un adalid del poder duro, escribió de manera provocativa en su influyente ensayo Poder y debilidad (Taurus, 2003) que “si la cultura estratégica de Europa otorga hoy menos valor a la mano dura y el poderío militar que a otros instrumentos de poder blando como la economía y el comercio, ¿no será en parte porque Europa es militarmente débil y económicamente fuerte?”. Para Kagan, la divergencia entre los defensores del poder duro y los que defendían la preeminencia del poder blando procedían de la distinta naturaleza del poder de Estados Unidos y Europa. “El final de la Guerra Fría no redujo la preeminencia del poderío militar y los europeos descubrieron que la pujanza económica no se traducía necesariamente en poder estratégico y geopolítico”. De esta diferente manera de concebir el poder vendría la discrepancia esencial entre Europa y Estados Unidos a lo que constituye una amenaza intolerable a la seguridad internacional y al orden mundial. Esta diferencia cristalizaría en la crisis de Irak de 2003, donde se pondría de manifiesto el desacuerdo de fondo entre Estados Unidos y prácticamente el resto del mundo.

La antipatía causada por aquella decisión ha condicionado sobremanera la defensa de los intereses estratégicos de Estados Unidos. Hasta tal punto que los últimos años de la Administración Bush estuvieron dedicados a corregir el error de sus primeros años. En especial, a través de una estrategia específica de diplomacia pública impulsada desde la Secretaría de Estado. La voluntariosa Condoleezza Rice se dio cuenta pronto e lo difícil que era remar en un mar oscurecido por falta de credibilidad. La situación se había ido de las manos. La posguerra en Irak distó mucho de lo que parte del Pentágono y el secretario de Defensa Rumsfeld, un hombre formado más en la mentalidad de la Guerra Fría que en la moderna, habían imaginado. Nadie de los pretendidos neoconservadores había propuesto confiarse únicamente al poder duro para defender los intereses estratégicos de Estados Unidos. En el ensayo que hemos mencionado, Kagan reconoce al final que “ganar el apoyo material y moral de amigos y aliados, especialmente en Europa, es incuestionablemente mejor que actuar por cuenta propia frente a la angustia y la hostilidad europeas”. Y Joseph Nye cita en su libro al propio Samuel Huntington, que advierte de las políticas en solitario: “Una sana cooperación con Europa es el antídoto fundamental para la soledad del superpoder estadounidense” (Foreign Affairs, 1999).

En 2006, Joseph Nye terciará en el debate y precisará que el poder blando puede venir de tres recursos: su cultura (atractiva a otros), sus valores políticos y su política exterior (cuando es vista con legitimidad y autoridad moral). No estamos hablando sólo de recursos, sino de los comportamientos que generan. Es decir, que alguien lleve una camiseta de Michael Jordan no quiere decir que Estados Unidos influya sobre él (“Think Again: Soft Power”. Foreign Policy, 2006). Tomar este debate como una elección excluyente de ambos tipos de poder es un error. Hay que tener la habilidad de combinar ambos en lo que Nye bautizará como “smart power” (poder inteligente).

Un ejemplo de este poder sería el ejercido por Occidente durante la Guerra Fría, al utilizar el poder duro para la disuasión y el poder blando para erosionar la fe en el comunismo tras el telón de acero. También hay políticas de poder duro, como el poder económico, que puede ser poder blando, como el caso de la Unión Europea, al atraer a otros países a formar parte de su unión. Y el poder militar puede llegar a convertirse también en un factor de admiración y reconocimiento, como es el caso de las operaciones de paz de las Fuerzas Armadas Españolas, aunque su uso incorrecto acarrea incalculables consecuencias deslegitimadoras, como en el caso de Abu Ghraib.

“Si el país líder tiene un poder blando y se comporta de manera que beneficie a otros, las contracoaliciones eficaces pueden tardar en surgir”. En 2007, el think tank estadounidense Center for Strategic & International Studies (CSIS) lanzó una comisión bipartidista sobre poder inteligente que copresidieron Richard Armitage y Joseph Nye. En el horizonte estaban las nuevas elecciones que darían como resultado un liderazgo nuevo en la Casa Blanca. Las conclusiones ponían de manifiesto el precario estado de la imagen de Estados Unidos en el mundo. “Estados Unidos debe llegar a ser una potencia inteligente a través, una vez más, de la inversión en el bien común ¬–proporcionar cosas que la gente y los gobiernos en todas las partes del mundo quieren pero no pueden obtener en ausencia de un liderazgo estadounidense”. La nueva estrategia significaría actuar en cinco áreas: Alianzas e Instituciones, desarrollo global, diplomacia pública (“acercar a las poblaciones extranjeras depende de construir relaciones a largo plazo y entre la gente, especialmente entre jóvenes”), integración económica, e innovación y tecnología.

En enero de 2009, ante el comité del Senado que debía aprobar su nombramiento, la nueva secretaria de Estado, Hillary Clinton, recogería el guante e hizo un llamamiento para restaurar el liderazgo americano a través del “poder inteligente” (smart power) que mezcla la diplomacia con la defensa. “América no puede resolver la mayoría de los problemas urgentes por su cuenta, y el mundo tampoco puede resolverlos sin América”.

Foto: El Mundo/AP

Una versión de este artículo se publicó en la revista Contrastes, verano 2010.

Del poder blando al inteligente: crónica de un concepto (I)

Podría parecernos que el concepto de diplomacia pública es algo nuevo, como todos esos nuevos términos que se han venido acuñando desde cayera el Muro de Berlín con el fin de explicarnos, de una forma algo improvisada y provisional, el momento histórico que nos ha tocado vivir. La realidad es que muchos de ellos han permanecido latentes entre las costuras de la Historia para cobrar vida de repente, como si surgieran de la nada, impulsados por los nuevos avances tecnológicos y sociales. A la diplomacia pública le ha ocurrido lo mismo. Su eclosión no significa que la diplomacia tradicional vaya a desaparecer, como se discutía fútilmente en algunos foros especializados hace unos años, sino que las relaciones internacionales no pueden entenderse hoy sin el eco ni la proyección que la imagen de los países ejercen sobre los ciudadanos y dirigentes del resto del mundo. Cuando menos, la diplomacia pública forma parte ineludible del cuadro de toma de decisiones en las estrategias de política exterior.

Cartel que pudo verse en las calles de Berlín anunciando el Plan Marshall

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? En realidad, el concepto de diplomacia pública proviene de los años de la Guerra Fría. Surgió como respuesta a la amenaza que la propaganda comunista podía suponer para el bloque occidental en aquel mundo bipolar. En concreto, fue la Ley Smith-Mundt de 1948 la que fundó un compromiso de información, cultura y educación de Estados Unidos hacia el exterior, que hiciera frente a una maquinaria, por aquel entonces, muy conocida en Europa y que había influido en la política de buena parte de los estados europeos durante el periodo de entreguerras.

El año en que se aprobó la ley que consagraría los primeros instrumentos de lo que hoy conocemos como diplomacia pública había sido muy tenso. Comenzó en febrero con la toma del poder por los comunistas checoslovacos, apoyados en el ejército y la policía, y terminó con la expulsión de Yugoslavia del Kominform, la organización que agrupaba a todos los partidos comunistas de todo el mundo. No en vano, el acrónimo es una traducción del ruso de “Oficina de Información de los Partidos Comunistas y Obreros”. Es decir, un órgano que el año anterior había heredado toda la capacidad organizativa a nivel mundial del Komintern, la Internacional Comunista nacida en 1919 con el fin de extender la revolución bolchevique de 1917 a todos los países capitalistas.

No deja de ser paradójico que este enfrentamiento de ideas germinara dentro del mismo bando que ganó la Segunda Guerra Mundial, pero las suspicacias entre Estados Unidos y la entonces URSS llevaban algunos años fraguándose, y terminaron cristalizando cuando la potencia norteamericana empezó a dejar su tradicional aislacionismo en política exterior y se vio obligado a desempeñar el papel de potencia hegemónica mundial.

Con este nuevo papel, organizaciones como el Kominform no podían pasar desapercibidas, puesto que lo que buscaban era la subversión de los valores que consagraba la Declaración de Independencia de los Estados Unidos. De alguna manera, los aliados con los que Estados Unidos combatió en la trinchera de Europa eran en realidad los máximos cuestionadores de su sistema político y económico. De aquella libertad que “sólo la defendemos y la reivindicamos para nosotros mismos” propugnada por el secretario de Estado John Quincy Adams en 1821, se había pasado a un estado en que se libraron dos guerras mundiales con ella de por medio y se pusieron las primeras bases del internacionalismo propuesto por el presidente Wilson tras el Tratado de Versalles con la Liga de Naciones. Roosevelt terminó dándose cuenta de que la seguridad de Estados Unidos estaba íntimamente ligada a lo que ocurría en el otro extremo del planeta. Cuanto más globales empiezan a ser tus intereses, más globales son sus amenazas.

De todo este planteamiento, del carácter cambiante de la naturaleza del poder del liderazgo norteamericano, ha sido de donde ha surgido la dicotomía entre poder duro y poder blando. Fue Joseph Nye, decano entonces de la Kennedy School de la Universidad de Harvard, quien habló abiertamente de esta nueva forma de concebir el poder de las naciones en un ensayo que trataba de analizar cómo debía ser el liderazgo de Estados Unidos ante el mundo que se abría tras los atentados de Nueva York y Washington de 2001.

(continuará... segunda parte)

Foto: Wikipedia

Una versión de este artículo se publicó en la revista Contrastes, verano 2010.

lunes, 24 de mayo de 2010

'El muro de Berlín', de Frederik Taylor


CRÓNICA DE NOCHES IMPROBABLES

Todo ocurrió en dos noches. Así de simple. En una se construyó y en otra se tumbó. Entre medias, veintinueve años de tensiones que separaron familias y se cobraron vidas humanas. A veces la historia nos enseña que hechos aparentemente inocuos, pergeñados en unas pocas horas, acaban condicionando la vida de un país durante décadas. Esa es, sin duda, la historia del Muro de Berlín.

Dos noches detonadas por dos ruedas de prensa, que venían precedidas de un ambiente donde nadie era capaz de predecir lo que iba a ocurrir, pero que sus efectos fueron visibles en pocas horas. La primera de aquellas ruedas de prensa se produjo dos meses antes de la noche en que se levantó el Muro. El 15 de junio de 1961, el máximo dirigente de la RDA, Walter Ulbricht, habló de la construcción de un muro sin que nadie le hubiera hecho una pregunta directa. Nadie se percató en aquel momento. Sólo algún periodista avispado acabó dándole vueltas a aquello, pero lo añadió al cúmulo de sospechas que alimentaban la posibilidad de que algo gordo iba a ocurrir. Un muro parecía una empresa completamente descabellada. Tan sólo cuando aquella mañana del 13 de agosto fueron hasta la Puerta de Brandemburgo y vieron los primeros trabajos para cimentarlo, por fin ataron cabos. Los servicios de inteligencia no anduvieron más finos. Los norteamericanos pudieron anticipar un cierre de fronteras, pero nunca en pleno mes de agosto. Su apuesta es que las medidas de presión se anunciarían con motivo del siguiente Congreso del PCUS.

La segunda rueda de prensa fue la que, a las seis de la tarde, dio el jefe de prensa del Comité Central del partido, Günther Schabowski. Figuraba como último orden del día las nuevas normas para viajar al extranjero que había aprobado el Consejo de Ministros. Pero la confusión que arrojó la lectura de un comunicado, redactado con los confusos formulismos habituales, terminó por dinamitar una situación que iba ya por su tercera década. El comunicado que leyó el funcionario de Alemania Oriental hablaba de que esas normas, que posibilitaban “a todos los ciudadanos de la RDA abandonar el país a través de los pasos fronterizos de la RDA”, tenía “aplicación inmediata”, aún cuando la orden se iba a cursar al día siguiente, diez de noviembre. La presión de los berlineses orientales, espoleados por la interpretación de los medios occidentales de lo que aquel día dijo Schabowski, incapacitaron a las autoridades para intervenir, a pesar de que el Ejército se encontraba en alerta máxima. El resto fue la noche de fiesta más larga de la historia de Berlín.

El historiador británico Frederik Taylor, especialista en Historia de Alemania, cuenta en su libro sobre el Muro de Berlín una crónica detallada e intensa de aquellos días y de los años que transcurrieron entremedias. Junto con la nueva documentación procedente de los archivos de la antigua URSS y la RDA, compone un fresco que nos muestra la evolución de los acontecimientos desde los centros de decisión oriental y occidental.

El relato comienza desde los comienzos de la ciudad, en una introducción necesaria que ocupa casi un cuarto del libro. Un capítulo esencial para conocer los hechos que se sucederán a partir de mayo de 1945, cuando capitula la ciudad. Así, nos encontramos con un Berlín que, en sus comienzos, fue dos ciudades diferentes: Berlín y Cölln, que tenían la particularidad de estar asentadas sobre unos territorios arenosos, hasta su fusión en 1307. La dinastía de los Hohenzollern gobernaría la ciudad y sus alrededores durante quinientos años.

Berlín fue siempre una ciudad de inmigrantes, de refugiados. La historia desde el fin de la Guerra Mundial no cambiaría. Una ciudad de desplazados, donde además se ha dado la circunstancia de que sus máximos dirigentes en aquellos años cruciales procedían de otro lugar, como ocurrió con Ulbricht, Brandt y Honecker. Han pasado veinte años desde aquel 9 de noviembre donde la confusión burocrática y el aliento de los berlineses orientales terminaron por derribar el Muro. El camino de la reunificación sigue siendo largo, pero ya pueden vislumbrarse numerosos cambios. La capitalidad de Alemania ha vuelto a Berlín y la cancillería la ocupa por primera vez una mujer, que además procede de la antigua Alemania Oriental: Angela Merkel.

Taylor recuerda entre sus citas de apertura una que recuerda ese vínculo tenue entre aquellas dos noches en que se levantó y tiró un muro. Aquella última, en un bar de Berlín Oriental, un cliente anónimo se acodó en la barra y espetó a quien quisiera escucharle: “Así que (…) construyeron el muro para impedir que la gente se marchara, y ahora lo derriban para impedir que la gente se marche. Ya me dirás si es lógico”.

El muro de Berlín, de Frederik Taylor. RBA, Barcelona, 2009. 555 páginas. 28€


Artículo publicado en Actualidad Económica, 20.11.2009

lunes, 8 de febrero de 2010

'Sea breve, por favor', de Václav Havel


LA LARGA VIDA DE UN APOLÍTICO DEL ESTE


Jan Patocka, el gran filósofo checo, se lo dijo en una de las salas de espera de la cárcel de Ruzyne mientras esperaban a ser interrogados por la iniciativa Carta 77, que aglutinaba a un buen grupo de disidentes checos. “No me creerá, pero la vida es horriblemente larga”. Václav Havel no comprendió el sentido de aquella enigmática frase que su insigne compañero profirió en unas circunstancias nada oportunas para recordar lo extensa que puede ser una vida. Pero cuando veinte años después surgió en su mente, encontró que aquel episodio, tan desagradable entonces, acabó formando parte de la inmensidad oceánica de unos acontecimientos que le llevaron a presenciar el cambio del régimen contra el que luchó y ocupar la máxima institución política de su nuevo país, la República Checa.

Sea breve, por favor es un libro-caleidoscopio entretejido por las reflexiones que Václav Havel escribe en una recoleta estancia de la biblioteca del Congreso de los Estados Unidos, dos años después de haber dejado la Presidencia. Desde su retiro, escribirá el hilo conductor de este libro, que comienza el 7 de abril de 2005. A partir de aquí, sus reflexiones se entremezclarán con otras notas tomadas por él mismo, casi sin editar, de aquellos años en el Castillo de Praga, y la respuesta a las preguntas que un periodista checo, Karel Hvízd'ala, le había puesto por escrito y que actuarán a modo de flashback sobre los años de la disidencia de un régimen que acabaría por colapsar recién comenzada la última década del siglo XX. Ahora que se conmemoran veinte años de la caída del Muro de Berlín, estos recuerdos iluminan de forma oportuna gran parte de la historia de aquel periodo.

Cuando Václav Havel salió de prisión el 17 de mayo de 1989, notó que algo había cambiado desde que lo encerraran cuatro meses antes. La policía del régimen lo arrestó cuando volvía a casa del homenaje que el grupo de la Carta 77 había ofrecido en el monumento a San Wenceslao en memoria de Jan Palach, quien veinte años antes se había quemado a lo bonzo en protesta por la ocupación soviética. Aquel nuevo encarcelamiento suscitó una enorme oleada de protestas, que advirtió al régimen de lo que se avecinaba. “En aquellos cuatro meses (la situación) había cambiado más que en los intervalos de mis estancias anuales en la prisión (…) nuestra sociedad empezaba finalmente a despertar de la anestesia a la que había sido sometida en 1968 tras la ocupación soviética”.

Sin embargo, no fue hasta el 17 de noviembre de 1989 cuando los acontecimientos adquirieron una deriva imparable. Era el día en que se conmemoraba el cincuenta aniversario de la ejecución de nueve estudiantes checos por los nazis. De Polonia -donde Solidaridad ya compartía el poder-, Alemania Oriental, Hungría y la URSS de Gorbachov venían vientos reformistas. Aquella concentración convocada por las organizaciones de estudiantes universitarios terminó en una brutal represión policial que contribuyó aún más a desacreditar al régimen. Aquello, recuerda Havel, fue el detonante del cambio, lento e inexorable, que evocó la comparación periodística con el terciopelo.

“Nuestra revolución fue una de las últimas en producirse; no obstante, avanzó a un ritmo mucho más rápido que las demás y, a su manera, también fue más radical.” Quizá fue el miedo a que los cambios trajeran consigo una posterior involución o que el régimen checo, desde la Primavera de Praga, se había convertido en uno de los más represivos y reaccionarios de toda la Europa del Este. Aquella transición, como recuerda Havel, no fue la pionera pero sí la más fulgurante. El cambio se edificó sobre las antiguas instituciones comunistas, que fueron reformadas desde dentro por personas completamente nuevas. Ahí se encontraron con la dificultad, inherente a toda transición de régimen político, de improvisar una élite dirigente. Aquello se hizo como se pudo. “Tuvimos que persuadir a músicos de rock, traductores, presentadoras de televisión, científicos, escritores, incluso a nuestros amigos de taberna para que aceptaran”.

Los pensamientos de Havel sobre aquellos años le llevan a reflexionar sobre el papel de la democracia y la política en el mundo contemporáneo. “La democracia no son sólo sistemas, instituciones y sus relaciones -escribió en enero de 1996- sino que fundamentalmente se trata de la relación con el mundo y la sociedad, una forma de pensamiento, el espíritu de la vida pública (…) La tecnología de la democracia es impensable sin una cultura democrática”. Son estas reflexiones las que hacen interesante este libro de retazos, que no ahorra detalles que parecen insignificantes, pero que dicen mucho del personaje cuando el libro de cierra. Ahí nos encontramos con el “político apolítico” en la era de la “posdemocracia”: “una democracia que recupere su contenido humano” a través del “desarrollo de una sociedad civil abierta” y “la importancia del interés a largo plazo y de la dimensión espiritual y moral de la política”. Que Havel es un idealista no es ningún secreto. Quizá a ese carácter le deba tanta lucidez.

Sea breve, por favor. Pensamientos y recuerdos, de Václav Havel. Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2008, 427 páginas, 30€.

Artículo publicado en Actualidad Económica, 27.11.2009

viernes, 6 de noviembre de 2009

El cielo sobre Berlín

“Mirar desde arriba no es mirar. Hay que mirar a la altura de otros ojos”. Aquellos ángeles que dibujaron Wim Wenders y Peter Handke en Cielo sobre Berlín contemplaban el bullicio sordo de la ciudad con un sentimiento de oculta decepción. Nada podía hacerse desde aquellas alturas, salvo admirar la extensión casi sin fin de las casas desde el fantasmagórico gigantismo de los grandes monumentos. La vida se encontraba allí abajo, entre los deseos e ilusiones de miles de personas en un Berlín, por aquel entonces, dividido, atravesado por un muro.

Pero quizás porque esta ciudad se asentó originariamente en un terreno pantanoso, nada de lo que ha ocurrido en ella ha permanecido inalterable mucho tiempo. Ni siquiera el muro, si lo analizamos desde una perspectiva histórica. Lo dijo una vez el ministro de Cultura francés, Jack Lang: “París es siempre París y Berlín nunca es Berlín”. Aunque lo cierto es que cuando aquella mole se levantó, a muchos les pareció definitivo. El arquitecto Hans Scharoun orientó la Biblioteca Nacional como si Postdamer Platz no fuera a recuperarse nunca de aquella fractura.

“Si la humanidad pierde algún día a su narrador, habrá perdido también su infancia”, se dice en otro momento de la película de Wenders. Si algo nunca ha perdido esta ciudad a lo largo de su historia ha sido su narrador, ése que ha propiciado una ciudad en un exasperante proceso de cambio. El mismo que advirtió en los años treinta el escritor Joseph Roth: “Berlín es una ciudad joven e infeliz con el futuro por delante (…) tiene tantas fisonomías que cambian tan rápidamente que no se puede hablar de un solo resultado”. Así, no tendría que haber resultado tan extraño que, casi con la misma celeridad que se levantó el muro alrededor de la ciudad el 13 de agosto de 1961, volviera a caer bajo el empuje de los berlineses el 9 de noviembre de 1989.

Los primeros movimientos en aquella dirección se dieron a conocer con cuentagotas, como en aquella primera visita que Willy Brandt hizo a Alemania del Este en los setenta. Pero muy pocos se atrevieron a aventurar lo que finalmente ocurriría. Uno de los que pudo advertirlo con cierta claridad fue el propio Mijaíl Gorbachov durante los actos del XL aniversario de la RDA, que se celebraron los días 7 y 8 de octubre de 1989. En aquella ocasión se encontró con un Erich Honecker que apenas arqueó una ceja ante las manifestaciones populares que jaleaban al mandatario soviético. “¡Gorby, ayúdanos! ¡Gorby, quédate con nosotros!” eran las consignas que se oían entre un público mayoritariamente joven. Los signos de apertura dados por el mandatario soviético les hicieron concebir esperanzas sobre un anhelo secreto que sólo los ángeles de Wenders llegaron a conocer. Gorbachov recuerda que Jaruzelski se le acercó y le preguntó:

- ¿Entiendes alemán?

- Un poco -le contestó.

- ¿Y estás oyendo?

- Estoy oyendo.

Los dos se miraron por un instante.

- Esto es el fin -zanjó Jaruzelski.

Aquella perspicacia no se encontraba entre la mayoría de los dirigentes de Alemania Oriental. “Había dejado de percibir lo que de verdad estaba pasando”, recuerda Gorbachov de Honecker. Era como “derribar un muro con tirachinas”.

Y sin embargo, fue casi la fuerza de un tirachinas lo que terminó por tumbar el muro de Berlín. Bastó una atolondrada rueda de prensa de uno de los funcionarios orientales, Günter Schabowski, que pretendía dar a conocer un decreto del gobierno de Egon Krenz para aliviar la tensión entre los alemanes orientales. El decreto relajaba las normas para viajar a Occidente, sin eliminarlas del todo. Pero Schabowski leyó el texto rápido y con desgana, y dijo que los ciudadanos de la RDA podían salir “por cualquiera de los puestos fronterizos”. ¿Cuándo? ¾inquirieron los periodistas. “Según mi información desde este mismo momento”. ¿Y Berlín Occidental? “La salida permanente puede realizarse a través de todos los puestos fronterizos de la RDA a Berlín Occidental”. Cuando iban a preguntarle por el muro, Schabowski ya había dado por terminada la rueda de prensa.

La confusión creada por las palabras de aquel funcionario no menos confuso, que había perdido el sentido de la realidad de lo que estaba anunciando, terminó propiciando la voladura ingenua de un muro de 45 kilómetros que había dividido la ciudad durante más de 28 años. Poco a poco, los berlineses orientales empezaron a aglomerarse en los puestos fronterizos. Los guardias, sin instrucciones sobre lo que había que hacer, tomaron decisiones por su cuenta y los que estaban esa tarde en Bornholmer Strasse, al norte de la ciudad, decidieron finalmente levantar la barrera.

Como hermanos que están un largo tiempo sin verse, los berlineses del este y del oeste se abrazaron aquella noche con una alegría largamente esperada. Veinte años después, la relación no ha sido fácil. Tras aquel abrazo llegó la inexorabilidad de la vida cotidiana y, como si se hubiera tratado de un larga separación por un largo viaje, ossis y wessies se dieron cuenta que, si bien su vínculo seguía intacto, ellos, sus formas de vida, sus maneras de pensar, sí habían cambiado. De alguna manera, aquello recordaba a la vuelta a casa de Franz Biberkopf, el protagonista de la novela de Alfred Döblin, Berlin Alexanderplatz, que tras cuatro años en prisión vuelve a su barrio de Scheunenviertel. Nunca pudo recuperarse de aquel nuevo Berlín que le esperó al otro lado del muro de la cárcel.

Una de las cosas que más impresionan de Berlín son las cicatrices que la historia ha grabado sobre su piel. Las encontramos ahí, indelebles, pero son también unas cicatrices que invitan a la reflexión, a compartir una historia que sentimos tan cercana, tan nuestra. Quizá Berlín es la Roma del siglo XX: una ciudad atravesada por el enfrentamiento, la división y la violencia, y que siempre supo sacar de sus cenizas el ánimo necesario para seguir adelante. En cierto modo, recuerda a esa herida supurante de Amfortas, en el Parsifal wagneriano, que anhela una redención definitiva.

“El tiempo lo une todo, pero ¿qué pasa si el tiempo es la enfermedad?”. Aquel tiempo silente del Berlín que sobrevuelan los ángeles Damiel y Cassiel se convierte en el paradójico bálsamo de esta ciudad en permanente resurrección. Callejeando en paralelo a Unter den Linden, uno puede acceder desde una estrecha calle a la sobria magnificencia de Bebelplatz. Federico II de Prusia proyectó para los alrededores de aquella extensión un nuevo Palacio Real, una ópera y un edificio que albergara la Academia de las Ciencias. Sin embargo, las guerras en que se vio envuelto modificaron la idea inicial. La ópera sí llego a construirse, pero con el tiempo los otros proyectos se convirtieron en la catedral de Santa Hedwig, con su imponente cúpula, un palacio para el hermano del rey y la gran biblioteca regia. Aquella fue una historia clásica en Berlín: la de intentar reconciliar el espíritu con el poder.

El 10 de mayo de 1933, aquella plaza fue el escenario de la Brandnacht, donde los estudiantes filonazis quemaron los libros prohibidos por el régimen. Durante los años del muro fue un aparcamiento, hasta que se hizo peatonal para el Berlín reunificado. Willy Brandt dijo entonces que “ahora que tenemos un espacio conjunto, creceremos juntos”. Hoy, el palacio y la biblioteca pertenecen a la Universidad von Humboldt, y en el centro de la plaza, cuando uno se aproxima a ella de noche, puede advertir un halo de luz que surge del suelo. Allí, tras un cristal, hay excavado un amplio cuarto, donde pueden verse innumerables librerías vacías, que casi podrían albergar los veinte mil volúmenes quemados aquella noche. Pero uno tiene la sensación de que, en verdad, los libros que caben ahí son los que los nuevos berlineses tienen por escribir.

Foto: Extranoise (Flickr)

Artículo publicado en el cuadernillo especial de La Nueva España, con motivo de los Premios Príncipe de Asturias. La ciudad de Berlín fue galardonada con el Premio de la Concordia. 23.10.09